LA INSTITUCIÓN EDUCATIVA.

Un profundo cambio pedagógico y social ocurrió entre el siglo XIX al XX en la expansión de la institución educativa como forma educativa hegemónica en todo el globo. En ese tiempo la mayoría de las naciones del mundo estableció su educación básica y la volvió obligatoria, lo que dio como resultado una notable explosión matricular. La condición de no escolarizado dejó de ser un atributo bastante común entre la población, al punto de que muchas veces ni siquiera se lo entregaba, para convertirse en una señal degradante. La modernidad occidental avanzaba, y a su paso iba dejando a las instituciones educativas.

La institución educativa se convirtió en un innegable símbolo de los tiempos, en una metáfora del progreso, en una de las mayores construcciones de la modernidad. A partir de entonces, todos los hechos sociales fueron explicados como sus triunfos o fracasos, los desarrollos nacionales, las guerras su declaración, triunfo o derrota, la aceptación de determinados sistemas o prácticas políticas se debían fundamentalmente a los efectos en la edad adulta de lo que la institución educativa había hecho con esas mismas poblaciones cuando le habían sido encargadas durante su infancia y juventud. Una buena cantidad de análisis se han preocupado por explicar este fenómeno, desde aquellos que consideran la institución educativa como un resultado lógico del desarrollo educativo evolutivo y lineal de la humanidad, hasta los que han buscado problematizar la cuestión. Si bien consideramos que muchos de estos últimos tienen un alto poder explicativo, ninguno de ellos logra dar cuenta del motivo del triunfo.

La institución educativa es un epifenómeno de la escritura como plantean algunas lecturas derivadas de Marshall McLuhan, pero también es “algo más”. La institución educativa es un dispositivo de generación de ciudadanos sostienen algunos liberales, o de proletarios según algunos marxistas, pero no sólo eso, La institución educativa es a la vez una conquista social y un aparato de inculcación ideológica de las clases dominantes que implicó tanto la dependencia como la alfabetización masiva, la expansión de los derechos y la entronización de la meritocracia, la construcción de las naciones, la imposición de la cultura occidental y la formación de movimientos de liberación, entre otros efectos. 
Con el fin de explicar por qué triunfó la institución educativa, podemos presentar dos cuestionamientos a estas explicaciones:
  1. En primer lugar, muchas de las definiciones sobre el proceso de escolarización lo funden con otros procesos sociales y culturales como la socialización, la educación en sentido amplio, la alfabetización y la institucionalización educativa. Sin lugar a dudas, estos otros desarrollos sociales se escribieron en sintonía, pero no en homología y queremos destacar esta diferencia con la historia de la escolarización. Si bien todos están muy aplicados, cada uno de ellos goza de una lógica propia generalmente no contemplada, y que nos parece digna de atención para comprender sus especificidades.
  2. En segundo lugar, la mayoría de estas lecturas ubican el sentido escolar fuera de la escolarización, en una aplicación de la lógica esencia/apariencia o texto/contexto. Así, la significación del texto escolar está dada por el contexto en que se inscribe. Son los fenómenos extra-escolares capitalismo, nación, república, alfabetización, Occidente, imperialismo, meritocracia, etc.
Los que explican la institución educativa, que se vuelve producto de esas causas externas. Pero históricamente es demostrable que si bien estos contextos cambiaron, el texto escolar resistió. Durante el período de hegemonía educativa escolar se alzaron nuevos modelos sociales, se establecieron nuevos sistemas políticos y económicos, se impusieron nuevas jerarquías culturales, y todas estas modificaciones terminaron optando por la institución educativa como forma educativa privilegiada. La eficacia escolar parece residir entonces al menos en buena parte en su interior y no en su exterior, ya que este último se modificó fuertemente durante su reinado educativo sin lograr destronar a la institución educativa. 
En conclusión, resumiendo ambas críticas, pareciera ser que, como en el epígrafe de Borges que encabeza este trabajo, a los educadores modernos les (nos) es muy difícil ver la institución educativa como un ente no fundido en el “paisaje” educativo, lo que probablemente sea la mejor prueba de su construcción social como producto de la modernidad.
A fines del siglo XX vivimos una crisis según algunos, terminal de la forma educativa escolar. Probablemente, arribar a una solución no será fácil. Este aporte ha sido para pensar en la institución educativa no como un fenómeno natural y evolutivo, sino histórico y contradictorio, como una de las tantas, y no la única, opción posible. Sin duda, en el contexto actual tiene sentido continuar con algunas de estas viejas prácticas y conceptualizaciones, pero no porque las entendemos como las únicas posibles lectura derivada de la naturalización de la institución educativa, sino porque las seguimos considerando las más eficaces para lograr los fines propuestos. O, en otras palabras, seguimos optando por el camello porque hasta ahora es el mejor animal, y no el único, que nos permite atravesar el desierto.

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