Cubrir la enorme grieta entre la situación deseada y el punto de partida respecto al tema docente, particularmente en los países en desarrollo, requeriría un esfuerzo inmenso, una estrategia continuada y de largo plazo, medidas urgentes y políticas sistémicas, todo ello en el vigor de una revisión profunda e integral del modelo escolar y de la situación docente en sentido amplio, y de un desvío radical en los modos de hacer política educativa, tradicionalmente oblicua hacia la inversión en cosas, las cantidades antes que las calidades, y el corto plazo por sobre el mediano y el largo plazo.

Sin embargo, las políticas y medidas que vienen tomándose en los últimos años del problema docente, tanto a nivel global como nacional, están lejos de responder a la complejidad y la urgencia de la situación y, más bien, están favoreciendo a reforzar algunas de las tendencias más negativas hacia la desprofesionalización de la enseñanza. El deterioro de los salarios docentes se ha acentuado en los últimos años en el marco de las políticas de ajuste, y los incrementos salariales no han sido, en todo caso, significativos como para invertir en dicho deterioro, hacer más atractiva la profesión, y detener el abandono de los mejores. La escasa o nula participación y consulta a los docentes y sus organizaciones en torno a las políticas educativas y a la formación docente, de manera específica, ha seguido siendo la norma en los procesos de reforma, con la previsible resistencia y hasta rechazo activo del cargo en muchos casos. 
Los procesos de descentralización no se han conducido de los esfuerzos expresos de formación y fortalecimiento de los equipos escolares que serían necesarios para hacer realidad la consigna de la autonomía escolar, más allá de la descentralización administrativa y financiera. La introducción de las modernas tecnologías, cuando se ha dado, no se ha acompañado en general de las estrategias y los recursos indispensable para la sensibilización y formación docente en el manejo de dichas tecnologías, ampliando de este modo la propia fisura cultural y tecnológica entre los docentes y sus estudiantes.
Dicha desprofesionalización tiene que ver no únicamente con condiciones materiales, sino con un proceso gradual de desposesión simbólica (Perrenoud): los docentes cada vez más postergados en un rol de solos operadores de la enseñanza, relegados a un rol cada vez más alienado y secundario, considerados un insumo más de la enseñanza, crecientemente dependientes del libro de texto así como del experto y el agente externo Los docentes son vistos como obstáculo y como insumo costoso, al tiempo que se deposita grandes esperanzas en el libro de texto y las modernas tecnologías, la educación a distancia y las propuestas de autoaprendizaje y autoevaluación como respuestas más costo-efectivas y rápidas que la inversión en formación docente, pensadas ya no sólo como complementos sino incluso como sustitutos a la labor docente. 
No obstante, el discurso acerca del nuevo rol docente parecería seguir sin conectarse con la necesidad de un nuevo modelo de formación docente. En el marco de los proyectos de mejoramiento de la calidad de la educación, la formación docente continúa ocupando espacios y presupuestos menores, inclinada a la preparación de los docentes en servicio a través de programas cortos, instrumentales, atados a las necesidades de ejecución de tal o cual política o reforma, con una noción de reciclaje que alude fundamentalmente a la puesta al día de los docentes en los contenidos de las asignaturas, sin rupturas esenciales con los esquemas del pasado. Asimismo, la afectación en el aprendizaje ha sido entendido exclusivamente desde el punto del estudiante y como rendimiento escolar, no como el aprendizaje necesario de quienes enseñan.

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