El aprendizaje humano nace a partir de la relación entre personas. Las personas están en un contexto determinado, pero no están pasivamente, sino de forma activa. Los métodos escolares de enseñanza-aprendizaje son procesos interactivos con tres vértices: 

  1. El estudiante que aprende. 
  2. El objeto de conocimiento, que es el contenido a aprender. 
  3. El docente que actúa, para favorecer el aprendizaje de los educandos. 

Hasta hace poco tiempo, en el currículo escolar se tomaban como base dos variables: el estudiante y el docente, además se hacía hincapié en la influencia de la relación entre ambos en lo que se refería a unos contenidos de aprendizaje. El educador, era considerado como la persona delegada de transmitir el conocimiento y el educando como un receptor más o menos activo en esa acción transmisora del docente.
Pero, igualmente, se tenía en cuenta, como dice el autor Coll, la actividad del estudiante que está en la base del proceso de construcción del conocimiento se inscribe en el marco de la interacción o interactividad docente-estudiante. 
No obstante, debe existir una voluntad explícita del educador en intervenir sobre el proceso de aprendizaje del estudiante, intervenir en aquellos aspectos de la labor que el educando todavía no domina y que, por tanto, sólo puede realizar con ayuda y dirección. 
Esto significa que la acción del docente se mueve sobre dos variables: 
  1. Qué tiene que aprender el estudiante. 
  2. Cuáles son las condiciones óptimas para que lo aprenda.
  3. Cuáles son los mecanismos precisos mediante los cuales la interacción Docente-estudiante va a incidir sobre la actividad del educando.
En síntesis, una característica básica del docente es tener en cuenta la interacción sistemática de los que son actores del proceso educativo, los estudiantes y él mismo, reunidos para realizar una labor específica, en el aprendizaje.

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