EL CLIMA DEL APRENDIZAJE.

Por clima emocional del aula se entiende un concepto que está compuesto por tres variables: 

  1. El tipo de vínculo entre docente y estudiantes, 
  2. El tipo de vínculo entre los estudiantes y 
  3. El clima que emerge de esta doble vinculación. 


El aspecto crítico de este concepto radica en la noción de vínculo. Al hablar de vínculo hacemos referencia a una relación periódico con un cierto nivel de profundidad. Para que ocurra esa profundidad se necesita conexión, y por conexión entendemos una competencia (del docente) por la cual el otro (el estudiante) siente que es visto, escuchado y aceptado, sin juicio ni critica, por lo que ese otro es. En la conexión hay confianza y seguridad, y el buen clima se basa precisamente en la existencia de confianza y seguridad. Ambas son emociones que posible el aprendizaje. Por ello, el aprendizaje depende del grado de la conexión.
Estudiando el foco en la relación, podemos identificar por lo menos cinco tipos de relaciones que nos conducen a un clima emocional propicio al aprendizaje:
  1. Relación del profesor con la materia.
  2. Relación del estudiantes con la materia.
  3. Relación del profesor consigo mismo.
  4. El docente con el estudiante.
  5. La relación que se da entre los estudiantes.

    La relación del docente con la materia. El problema principal de los docentes hoy en la sala de clases es el de la disciplina. Normalmente se aconseja enfrentar este tema mediante técnicas de gestión del aula, en un estilo netamente conductista: estableciendo reglas y determinando premios y castigo consecuentes con las reglas. Pero la disciplina no es un problema de control o amenazas. Es un tema de interés, o mejor dicho, la falta de interés. La mejor manera de tener disciplina en una clase, es que la materia que el docente pone a disposición de los estudiantes sea interesante. Que sea una materia que desafíe, entretenga, motive y resuene en los estudiantes. Por cierto, no basta que la materia sea interesante. El docente debe conocer la materia que enseña. Si el docente no conoce la materia, los estudiantes lo notarán de inmediato, y no perdonarán. Pero esto es necesario pero no suficiente. La materia debe ser entregada de manera entretenida, participativa, haciendo dialogar a los estudiantes, trabajando en grupos, con medios variados y con imaginación. Si los estudiantes se interesan en esto, no habrá problemas de disciplina.
    La relación de los estudiantes con la materia. El énfasis se orinta en que todos los estudiantes tienen una relación emocional con el aprendizaje. La materia que es objeto del aprendizaje apunta a distintas emociones de apertura o de rechazo en los estudiantes. Por ello la selección de la materia a estudiar es algo de importancia. De hecho, quizá uno de los problemas principales en la educación hoy en día, es responder la pregunta ¿Qué es lo que vale la pena aprender hoy?
    En esto, digámoslo, existe un supuesto erróneo. En el diseño del currículo se supone que los estudiantes estarán naturalmente interesados y motivados por la materia determinada por las autoridades adultas. Pero el supuesto debería ser el contrario. En realidad, ¿Por qué un estudiante habría de interesarse en algo que no le concierne, al menos en el presente? Si ello es así, entonces, el problema de la relación de los estudiantes con la materia, no se genera en las motivaciones de los estudiantes, sino más bien, radica en los adultos: en aquello que los adultos les proponen a los estudiantes. Si la materia no se transforma en algo que sea susceptible de interesarles intrínsecamente, si se les pide memorizar cosas que no son de interés, la pedagogía de las amenazas y los reforzamientos solo lograrán que algunos estudiantes puedan devolver (¿“salivar”?) las informaciones condicionadas por los docentes. Esta pedagogía se ha vuelto particularmente inadecuadas para las sociedades modernas (¿o post modernas o post modernas?) como las nuestras, donde la apertura a mayores espacios de autonomía personal, requieren no solo saber leer y escribir, sino que principalmente querer leer y escribir; donde no solo se requiere parecer decente, sino ser decente.
    Para que los estudiantes tengan una buena relación con la materia hay dos caminos:
    1. Es el camino conductista, el del premio y el castigo. En este, el adulto impone sobre los estudiantes una materia, independiente de si ésta les atrae o no; pero que es la mayoría de las veces dependiente del miedo que siente los estudiantes de lo que le puede ocurrir si no aprende. Este camino siembra el resentimiento que tarde o temprano se cosechará en el aula o en la sociedad. Nuestros sistemas han optado por este camino, ajustando a él todas las técnicas de presión y de (supuesto) control que les ofrece la gestión moderna.
    2. El otro camino, emerge de la posibilidad de que el estudiante establezca sus propias conexiones con el mundo. Hacer que el estudiante sienta que la materia que se enseña le concierne a él personalmente. Que él es activo en la determinación de las interconexiones que él tiene con el mundo. Que él no es solo un ente pasivo en la interconexión que otros han definido para él. Pero, no es solo eso, también esta posibilidad emerge del hecho de reconocer el deseo o la fuerza natural de los humanos de hacer sentido del mundo que lo rodea.

      En el primer camino, el contexto (el docente) es el que tiene la responsabilidad, él es el que les hace cosas a los estudiantes y éste es pasivo en este proceso. En el segundo, es el estudiantes es el que tiene la responsabilidad, pues el trabajo de aprender ocurre en él, de acuerdo a cómo él es. El locus del proceso de aprendizaje no ocurre en el contexto, ocurre en los estudiantes. La responsabilidad del docente es de generar todas las condiciones posibles para que el trabajo de aprendizaje pueda ocurrir en los estudiantes.
      Una buena relación del estudiantes con la materia, supone que se han cambiado los supuestos erróneos que existen en el diseño de lo que hay que aprender. La relación que lleva al aprendizaje, tiene que ver con el reconocimiento de los intereses, de los talentos, de los estilos de aprender, del gozo de aprender descubriendo, jugando con palabras y con números, de su participación en determinar lo que quieren aprender, de su auto evaluación.
      La relación del docente consigo mismo. Esto es, la conciencia que tiene el docente respecto de sí mismo en tanto que persona que facilita la formación de otros seres humanos y en especial si se trata de estudiantes. En la relación del docente consigo mismo, éste o ésta deben tener claridad acerca de qué opinión tiene de sí mismo en tanto que docente. 
      ¿Qué es lo que realmente le gusta de su actividad, cuáles son sus intenciones, cuáles sus intereses, sus seguridades, sus talentos e inseguridades?
      Claridad acerca de estas materias, aumenta la eficacia del docente pues le permite ser más honesto en su conexión con los estudiantes, y consecuentemente en contribuir a un mejor clima en el aula. Esta claridad es importante, pues la docencia es un trabajo emocional. Al enseñar, el docente proyecta sus pensamientos, su experiencia y sus conocimientos irradiando desde su cuerpo sus emociones en acciones, actitudes y tonalidades. A través de ella, el docente entusiasma o aburre, se acerca o se distancia, crea confianza o desconfianza.
      La relación del profesor con el estudiante. Esto no es nuevo, y se trata de la relación principal. La tradición humanista pone a los estudiantes en el centro del proceso de la conexión en la relación entre los profesores y los estudiantes. Para que el estudiantes pueda abrirse al aprendizaje, lo importante es que el estudiantes sienta (no piense) que su experiencia es respetada y comprendida por el profesor. El docente emocionalmente competente, es aquél que ve el trasfondo emocional detrás de los actos de los estudiantes.
      El docente emocionalmente maduro puede ver que detrás de la indisciplina, hay miedos, rabia, orgullo o disgusto que son los elementos que hay que tratar. En un contexto conductista, ello se trata con premios o castigos, en un medio humanista, las acciones del docente corresponden a su comprensión de las emociones que están presentes. Para que haya conexión, es central es que el profesor sea genuino que tenga conexión consigo mismo. Que su posición frente a los estudiantes sea de aceptación, de manera que se dé una relación interpersonal entre profesores y estudiantes. Esto no quiere decir que se trate de una relación permisiva, o de “amiguismo”. Una relación emocional consciente permite actuar de acuerdo a lo que requiere la relación, puede ser suave o dura, más cercana o menos cercana, mas directiva o menos directiva. Unos estudiantes pueden requerir un tipo de vínculo, y otros, otro tipo de vínculo. No se trata aquí de una escala normativa como lo sugieren algunos enfoques de inteligencia emocional de origen conductual. Por el contrario se trata de tener la competencia necesaria para saber quién necesita qué tipo de relación y en qué momento.
      La relación entre los estudiantes. La institución y el aula son lugares privilegiados para aprender competencias sociales. Estos lugares se prestan para el aprendizaje social, si es que los docentes han adquirido, la competencia de contener y sostener a los estudiantes en sus interacciones.
      Un propósito de la tarea docente, es nutrir las relaciones entre los estudiantes. Cuando existe una tendencia a la crueldad y a la violencia entre los estudiantes, hay mal clima, malos aprendizajes sociales y malos resultados académicos. Pero los estudiantes pueden aprender relacionarse con respeto y sin violencia. Esto es posible si se lleva a cabo una pedagogía que se ocupe de generar un clima de confianza mutua en la sala. Una docencia que pone atención a las interacciones emocionales entre los estudiantes. Éste es un requisito para que haya un clima emocional adecuado. 
      Para generar un tal clima, se requiere permitir y activar la participación de los estudiantes, que les permita, por ejemplo, colectivamente proponer, negociar y determinar lo que vale la pena aprender. Una pedagogía cuyo foco está en el principio de hacer las cosas con los estudiantes, en vez de una ocupada en hacer cosas a los estudiantes. Una pedagogía desarrollada con los estudiantes se orienta a estimular que los estudiantes puedan expresar sus motivaciones intrínsecas acerca de lo que quieren aprender, individual y colectivamente. Aprender juntos es más fácil que aprender en soledad.
      Que los estudiantes desarrollen competencias emocionales en sus interacciones, no se opone al logro académico. Por el contrario, el desarrollo de estas competencias desarrolla la capacidad de resolver problemas cognitivos. Es más, como fue sugerido anteriormente en la actual línea de investigación sobre las relaciones entre el mundo emocional y el rendimiento académico, varios estudios recientes han mostrado que en el momento crucial de la pre adolescencia, la experiencia y el desarrollo de la empatía, o más simplemente, la competencia de interesarse e interrogarse acerca de lo que el otro está pensando y sintiendo, interesarse en sus visiones de mundo, predice mejor de éxito académico que lo que pueden hacer los puntajes de pruebas estándares.
      Dicho de otra manera, una educación focalizada en lo emocional es una ganancia: sirve a la vez para el desarrollo de competencias sociales y para el éxito académico.

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