LA DOCENCIA Y LA AFECTIVIDAD.

Las capacidades que se consideran valiosas para catalogar a un docente como bueno o que su enseñanza sea eficaz, han cambiado a lo largo de la historia, privilegiándose en algunas épocas, los aspectos afectivos por sobre los cognitivos y viceversa. Precisamente, en los años cincuenta, se consideraba que los docentes debían contar con conocimientos sólidos de matemáticas y ciencias, en vista de que existía una competencia entre los países desarrollados en relación con la carrera espacial. 

En los años sesenta y setenta, fue denominada la era del potencial humano, el énfasis se colocaba en las habilidades afectivas de los docentes. Sin embargo, de la misma manera que había ocurrido con la etapa anterior, prevalecer los aspectos afectivos y promover el potencial humano, trajo como consecuencia que se descuidaran los aspectos cognitivos y que la enseñanza no tuviera el impacto deseado. Este ir y venir entre lo cognitivo y lo afectivo respecto de las habilidades de los docentes eficaces, se ha repetido varias veces a lo largo de la historia de la enseñanza. 

A partir de los años ochenta, se ha sobre-enfatizado la necesidad de desarrollar habilidades cognitivas en los docentes y estudiantes. Asimismo, por el lado del aprendizaje, de estrategias cognitivas, metacognitivas, auto-regulatorias y de solución de problemas, entre otras. Por el lado de la enseñanza, se ha hablado de enseñanza estratégica, modelamiento, andamiaje y tutoreo, entre otras. Paralelamente al énfasis en lo cognitivo, particularmente en los últimos diez años, ha crecido el interés de los educadores por valorar el impacto que tienen las dimensiones afectivas en el desempeño docente. 

Estas dimensiones involucran: 
  1. La habilidad para percibir en sí mismo y en los demás, emociones y sentimientos.
  2. La habilidad para expresarlos de manera propositiva y autorregulada en la relación con los estudiantes. Estas habilidades pueden identificar a lo que Howard Gardner considera como inteligencia intra e interpersonal y que posteriormente fue denominado por Goleman como inteligencia emocional, la cual se considera fundamental para la generación de climas sociales propicios para el aprendizaje.
En los últimos tiempos, muchos países del mundo están incorporando sistemas de evaluación de aprendizaje de los estudiantes que se basan en pruebas estandarizadas de rendimiento. Los pobres resultados alcanzados, han traído como consecuencia una preocupación por las habilidades docentes, particularmente las habilidades cognitivas, señalándose que se requiere un mayor dominio de los contenidos particulares de las asignaturas, mayores habilidades para impartir esos contenidos, así como mejores destrezas para evaluarlos. Sin embargo, poca atención se ha prestado a los componentes afectivos de la docencia. 
En estudios realizados sobre docentes universitarios ejemplares (Hativa, Barak y Simhi), se ha encontrado que en los docentes eficaces, están presentes una serie de características que se relacionan con diversas medidas de logro en los estudiantes. Entre ellas se encuentran: 
  1. La preparación de las clases y la organización del docente.
  2. La claridad con que presenta los contenidos.
  3. Su capacidad para estimular el interés de los estudiantes y el impulso a la motivación para el estudio, mediante la manifestación de expresiones de entusiasmo.
  4. El establecimiento de relaciones positivas con los estudiantes.
  5. Demostrar altas expectativas, y, en términos generales.
  6. Mantener un clima positivo dentro del salón de clases. 
Una reflexión cuidadosa sobre estas características revela que la mayor parte de las características de los docentes eficaces constituyen dimensiones afectivas de la enseñanza del docente. Delors ha señalado la necesidad de que el logro de los estudiantes vaya más allá de los aspectos cognitivos. En el conocido documento titulado “La Educación encierra un tesoro” se plantea lo que se denomina pilares del aprendizaje, aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser. 
El enfoque de la Educación basado en competencias ha sido ampliamente debatido. Kerka señala una serie de razones que subyacen a las posturas que se han manifestado en contra de la adopción del enfoque por competencias, que incluyen:
  1. Lo confuso de su conceptualización. 
  2. Las dificultades empíricas de su adopción como eje articulador de acciones de intervención y evaluación educativas.
  3. Su falta de adecuación para responder a las necesidades sociales de la población. 
Como respuesta a estas críticas se han propuesto enfoques integradores en los que se supone a la competencia como una compleja combinación de conocimientos, actitudes, destrezas y valores, que se manifiestan en el contexto de la ejecución de una tarea. La competencia se considera, desde los enfoques integrales, como algo más que una respuesta aceptable; alguien competente debe ser capaz de demostrar un desempeño eficaz y eficiente, que sea susceptible de ser mostrado y defendido en múltiples contextos. 
El amparo del enfoque de competencias en la educación puede resultar una herramienta heurística poderosa para identificar los aprendizajes esenciales de los estudiantes integrados en entramados complejos, así como las habilidades que deberán dominar los docentes para apoyar a los estudiantes en el logro de dichas competencias. 
Los resultados que se han asociado a diversos niveles de competencia afectiva, señalan que los niveles de empatía, congruencia y consideración positiva de los docentes hacia sus estudiantes, son prácticamente los mismos que existen en la población en general. Es decir, los profesores no han desarrollado de forma particular dichas competencias, lo cual resulta preocupante, dada la responsabilidad que tienen con los estudiantes y el impacto que su interacción con éstos puede tener para la formación de futuros ciudadanos que emulen estas competencias con sus congéneres. 
Olson y Wyett afirman que por cada docente que promueve relaciones positivas a nivel afectivo con sus estudiantes. Esto quiere decir que el nivel promedio de los docentes se ubica en la categoría de ineficacia a nivel afectivo, lo cual evidentemente provoca sufrimiento en los estudiantes. En contraparte, se ha encontrado que cuando los docentes se encuentran por encima del nivel tres, los estudiantes obtienen puntuaciones altas en medidas de auto-concepto, tienen ganancias a nivel intelectual y puntajes de creatividad, solución de problemas, pruebas estandarizadas de logro, se involucran más en el aprendizaje y presentan menos problemas de disciplina, lo cual impacta tanto la adquisición de habilidades académicas, como personales y sociales.
Estos resultados son muy relevantes para la evaluación y la formación de los docentes a todos los niveles educativos, incluyendo el nivel Universitario.

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