UNA BUENA ENSEÑANZA.

Una buena enseñanza es aquella con intencionalidades definidas y explícitas, que promueve la interacción entre los estudiantes y los docentes, y entre los propios estudiantes, y que sucede en un espacio, tiempo y en un contexto socioeconómico determinado. Es aquella en la que un docente, al solicitar ideas o recursos nuevos o existentes, encuentra un sentido, un para qué de ese hacer, lo lleva a la práctica, reconquista de modo reflexivo lo que ocurrió y puede pensar en mejorar futuras acciones. 

Como síntesis, podemos afirmar que las buenas prácticas de enseñanza son aquellas que, en su dinámica de acción y reflexión, diseñan, implementan y evalúan estrategias de tratamiento didáctico heterogéneo de los contenidos que se han de enseñar. También, se puede decir que las estrategias llegan a su nivel de acumulación a través de las actividades que los docentes proponen a sus estudiantes y que estos realizan.
Podemos recordar, que al momento de planificar las estrategias de enseñanza con el fin de promover aprendizajes significativos, debemos: 
  1. Ajustar con los estudiantes las metas de aprendizaje. Estas deben ser precisas y explícitas de tal modo de intentar establecer entre docente y estudiantes un compromiso de asignación en común. El estudiante tendría que implicarse y asumir una responsabilidad creciente por su aprendizaje.
  2. Implantar situaciones que requieran del uso del conocimiento de los conceptos, de los fenómenos, principios, de las reglas y los procedimientos de las disciplinas en diferentes contextos. 
  3. Plantear la producción de asignaciones genuinas y de problemas reales propios de las disciplinas con el fin de promover la interacción con el mundo real.
  4. Orientar hacia el uso de materiales y fuentes variadas tanto para obtener información como para producir distintos tipos de comunicaciones.
  5. Desafiar a los estudiantes con tareas que vayan más allá de sus habilidades y sus conocimientos, lo cual implica proponerles actividades que puedan resolver con lo que ya tienen y saben, pero también, actividades para las cuales necesiten buscar nueva información, nuevas maneras de solucionarlas.
  6. Estimular la producción de soluciones alternativas. 
  7. Originar un desequilibrio cognitivo y la sana cautela respecto de la consideración de las verdades establecidas. 
  8. Construir dispositivos de diferenciación: según el contenido, según los aprendices, según el contexto. 
  9. Beneficiar diferentes usos del tiempo, los espacios, las formas de agrupamiento. 
  10. Iniciar la evaluación continua: la autoevaluación, entre pares, la del docente, escrita, oral, etc., que a su vez involucre instancias de metacognición, es decir, de reflexión de los estudiantes sobre sus propios modos de aprender y sobre lo aprendido. 
Estos elementos son orientaciones generales acerca de cómo enseñar un contenido. Sin embargo, es necesario utilizarlos integrados a un conocimiento profundo y a una reflexión sobre los contenidos disciplinares que se van a enseñar. Las estrategias no se diseñan en el vacío. 
Las características de cada disciplina y el pensamiento que cada docente tiene sobre qué es el conocimiento y cómo se accede a él incurrirán en el tipo de estrategia que diseñe y lleve a la acción en sus prácticas de enseñanza. Un ejemplo sencillo es: si un docente consolida un pensamiento real de la historia y entiende que hay una única manera de explicar los hechos históricos, no sería coherente que eligiera estrategias alineadas a una orientación de aprendizaje por descubrimiento. Pero, si un docente piensa la historia como una reconstrucción en la que el historiador, a partir de fuentes primarias y secundarias, puede producir narraciones e interpretaciones según su propio posicionamiento, utilizar solo clases expositivas en las que muestre una sola versión de un acontecimiento iría en contra de la concepción de conocimiento histórico que intenta transmitir. 
Formada la aclaración sobre la importancia del contenido disciplinar a la hora de definir una estrategia de enseñanza, se debe recordar que cada docente, en cada situación y en relación con cada contenido curricular, tendrá que tomar sus propias decisiones, hacer sus hipótesis de trabajo, elaborar una secuencia de actividades, observar, sacar conclusiones y volver a empezar. Pero no dejándolos solos en este camino.

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