APRENDER PARA APRECIAR Y ENSEÑAR.

El objetivo primordial de la educación es sembrar el desarrollo personal de los estudiantes, en todas sus capacidades mentales: cognitivas, afectivas, morales y sociales, en la confianza y perspectiva optimista de conseguir, además de vidas personales más realizadas, una sociedad cada vez más justa y asociada.

La educación debe facilitar las bases y recursos para potenciar la comprensión de nuestros diversos mundos: el mundo físico, el mundo biológico, el mundo de las personas, el mundo de las tecnologías, y el mundo personal. El compromiso del docente, su compromiso fundamental está en instalar los recursos y oportunidades más idóneos, y proporcionárselos a todos sus estudiantes para que puedan asimilar los diversos tipos de aprendizajes, consciente de que el propio estudiante es el responsable principal de su propia formación. Cuando aludimos los diversos tipos de aprendizajes, nos referimos a los aprendizajes de los conocimientos propios de las diferentes materias y áreas disciplinares; pero también a los aprendizajes de procedimientos y estrategias; los aprendizajes para la convivencia, para el desarrollo personal, cognitivo, afectivo, moral y social; los aprendizajes para desarrollar la autonomía, la autodisciplina y el equilibrio emocional. Lo que inicialmente resumimos como: aprender a conocer, querer, sentir, hacer, convivir, ser, y aprender sobre el conocer, querer y sentir.
Capacitar a los estudiantes para el mayor desarrollo personal requiere conocimientos, sentimientos y comportamientos responsables y fraternos. Los conocimientos y procedimientos, las memorias declarativas y procedimentales que un docente tiene sobre su especialidad no se transfiere a la mente de sus estudiantes con solo explicarlas en clase, aunque sea de la forma más atractiva y estimulante imaginable. El estudiante aprenderá si asemeja los conocimientos, los hace suyos, los integra, los experimenta como relevantes en su vida personal y profesional, los utiliza para identificar y resolver problemas.
Aprender sobre el conocer, querer, sentir, actuar no es cuestión solo teórica, sino de gran relevancia práctica, especialmente en aquellas profesiones, como la de docente, cuyo quehacer exige continua relación con otras personas, con otras mentes, pensamientos,
sentimientos y comportamientos. Para hacia una enseñanza y aprendizaje de más calidad es preciso que los docentes presten especial atención a sus mentes, sus pensamientos, sentimientos y comportamientos, a la vez que se interesen en la mente de sus estudiantes. En la relación educativa aprenden y enseñan docentes y estudiantes. Unos y otros desarrollan competencias de carácter cognitivo, comunicativo, afectivo, personal y social. El desafío es interno, personal en cada uno de ellos: la necesidad de educarse para educar, de cambiar su mentalidad, su forma de pensar, sentir y comportarse.
En los procesos de enseñanza-aprendizaje la Teoría de la Mente resulta clave para comprender la comunicación interpersonal y la interacción social. El ser humano dispone de unas capacidades mentales, un sistema de conocimientos y procesos de inferencia, que le permite interpretar y predecir la conducta de los demás. En las relaciones interpersonales continuamente interpretamos el comportamiento, suponiendo estados mentales como opiniones, creencias, deseos, intenciones, intereses, sentimientos, etc. Cuando alguien hace algo suponemos que tal conducta se debe a determinados pensamientos, sentimientos o deseos que tiene en su cabeza. Los seres humanos tenemos una Teoría de la Mente que nos permite naturalmente atribuir estados mentales a los demás y a nosotros mismos. Somos animales mentalistas. (Riviere, Whiten, García García).
La Teoría de la Mente, la capacidad mentalista es condición necesaria en los procesos de enseñanza-aprendizaje, particularmente cuando se trata de enseñanza explícita. En la enseñanza tenemos un objetivo: cambiar la mente del otro, sus pensamientos, sentimientos y comportamientos; procuramos transmitir algo que consideramos valioso y de modo que el estudiante lo pueda asimilar. Y para ello el docente tiene que ponerse en la mente del estudiante, inferir su nivel de conocimientos, sus preocupaciones e intereses, suponer lo que el estudiante ya sabe, y lo que quizá desee saber. 
En la enseñanza se pone en juego un conjunto de estrategias para lograr una comunicación eficaz: querer llamar la atención del estudiante en los mensajes, porque lo consideran importante; se utilizan variados recursos para hacerlo de forma interesante; sobre la marcha continuamente se hace deducciones sobre si entienden e interesa; introducir modificaciones en el curso de la acción para mejorarla; sentirse más o menos satisfechos con lo realizado. La capacidad para interpretar adecuadamente la mente del estudiante y actuar en consecuencia resulta esencial en la tarea de docente.

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