En el aula de clases, el docente y el estudiante comparten muchas horas y actividades, generalmente, dirigidos al progreso intelectual de los educandos y al desarrollo profesional de los docentes. Sin embargo, la más significativa finalidad educativa se refiere a la formación de la personalidad social y moral del adolescente. El docente no solo debe buscar el rendimiento académico, sino, también, prestar atención al desarrollo social del estudiante. 

La deserción del conocimiento de las normas, democráticamente elaboradas y establecidas, produce sensación de confusión, inseguridad y miedo a no saber hasta dónde ir en el control propio y ajeno de todo aquello que observamos como mejorable o malo. Con los conflictos internos y externos que habitualmente es precisa dedicar tiempo y espacio real, además de trabajo profesional y atención social. 
Es imposible enseñar a los estudiantes sin que ellos quieran y pongan interés en conseguirlo, por que aprender no es trabajo fácil, sino que requiere un esfuerzo para el cual hay que disponer de un cierto nivel de entusiasmo y de buenos motivos. 
Para que los estudiantes estén motivados e inviertan entusiasmo en la labor, es necesario que las instituciones educativas, es decir, el docente y el propio sistema de actividades y trabajos, les haga comprender que sus necesidades son tenidas en cuenta, sus actitudes observadas y respetadas cuando no sean perjudiciales, sus deseos aceptados cuando sean respetables y sus preocupaciones y problemas considerados como propios. 
Sin embargo, se trata de que el docente comprenda y asuma que hay que realizar un trabajo diario que se presenta como obligaciones para el estudiante, bajo la asunción implícita de que dicha actividad y esfuerzo son buenos, o lo serán, para su futuro. Pese a, éstos no siempre tienen claro el interés sobre lo que hay que aprender y por lo que hay que esforzarse. Debido a ello, las relaciones interpersonales entre docente y estudiante están, con periodicidad, atravesadas por un conflicto común que no es otra cosa que la comprensión del sentido y de la idoneidad de las actividades escolares que, por otro lado, son el nexo que los une y lo que da razón a su relación. 
Además, el docente con repetición, observa estos fenómenos bajo el prisma de sus propios objetivos y finalidades profesionales, siempre favorables, pero no siempre bien expresados y bien comprendidos por el estudiante que, igualmente, tiende a interpretar los acontecimientos no tanto como partes del desarrollo curricular, sino como eventos cotidianos en los que se siente protagonista en algún sentido. 
Se podría decir, que es difícil tener tantas cosas en cuenta. Evidentemente, pero dado que todas son importantes habrá que saber, primero, cuáles son, y luego aprender a darle la prioridad justa a cada una de ellas. Lo que no es posible es alcanzar, sin esfuerzo, la existencia de niveles óptimos de motivación e interés escolares particularmente si las instituciones educativas y sus estructuras sólo observan y tratan a los mismos en su dimensión cognitiva, con ser ésta muy importante. 
Los estudiantes tienen necesidades afectivas, emocionales y sociales que hay que tener en cuenta; igualmente, los docentes tienen necesidades personales y profesionales que no deben dejar de exigir y que, cuando entran en colisión con las de los estudiantes o sus familias, conviene clarificar. No se trata de sobrecargar las espaldas ni las conciencias del docente, sino de asumir que la labor es compleja y que se debe emplear esfuerzo.

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