
El autor John Dewey sostiene, que la educación asistemática y extraescolar, que el estudiante adquiere en la familia, en la calle o en otras instancias socializadoras del entorno inmediato, es más vital, profunda y real; y que la educación formal o escolar, es más abstracta y superficial, menos influyente, pero también más amplia, completa y segura. Y que el desafío consiste en articular adecuadamente las cualidades positivas de ambas modalidades educativas, integrando el aprendizaje formal con las vivencias cotidianas del entorno.
Además, cabe destacar que, históricamente, diversas experiencias pedagógicas innovadoras se han asentado en la periferia de las instituciones educativas y se han enriquecido enormemente con las aportaciones de otros campos del saber.
Para el autor Rousseau, el ambiente es el entorno y la esencia del estudiante, y el docente es quien garantiza su crecimiento; en consecuencia, hay que permitir que se deje influenciar por los beneficios de su hábitat natural, sin intervención ni interferencias de las personas adultas y de las instituciones que le imponen modelos artificiales que le alteran su orden natural.
La relación de la institución educativa con la vida es una de las premisas de todos los proyectos innovadores. Para el autor Dewey, los planteles educativos no es un lugar de preparación para la vida, sino un espacio de vida donde los estudiantes pueda desarrollar sus experiencias escolares adquiridas que va reconstruyendo continuamente y desarrollar otras nuevas.