
Ese proceso de enseñanza-aprendizaje, que puede ser consciente o inconsciente, se lleva a cabo mediante el ejemplo, la exigencia, la inspiración, el convencimiento o algunas otras formas, y en mucho depende de la manera utilizada el hecho de que el estudiante llegue a imitar, acatar, acceder o convencerse de hacer suyo esa alocución, ese conjunto de actitudes, normas, creencias y valores.
La credibilidad de un educador depende del efecto de competencia que incite y del aspecto de sinceridad que manifieste, es decir, qué tanto sabe de lo que habla y qué tan convencido lo expresa. Lo atrayente no se refiere por supuesto a su figura, sino a su actitud; un docente cercano al estudiante, afectivo, convencido y contento con su función tendrá más oportunidades de transferir su discurso, que otro que desarrolle actitudes inversas. Aunque en menor medida, el poder o posibilidad de control que mantiene un educador, y la manera en que lo ejerce, influye en el momento de transmitir su discurso. Finalmente, su Estatus, o el conocimiento de la calidad de su persona y de la función que lleva a cabo haya logrado desarrollar ante sus estudiantes.
La motivación, como comenta el autor Huertas, no es otra cosa que un conjunto de patrones de acción que activan al individuo hacia determinadas metas. En la institución educativa, y en la vida en general, la motivación es fundamental para el aprendizaje. Es mucho, lo que se puede logra si el estudiante desea hacer las cosas porque está convencido, motivado, dispuesto a esforzarse por aprender, hacer o creer. Si no hay esa motivación, todo será un constante balanceo en una batalla que está perdida de antemano.