La fortuna semántica de la palabra Manejar y las crecientes tonalidades de sus distintos significados expresan y repasan el sentido más esencial de la relación entre la técnica y el ser humano. Desde el uso de la mano para el manejo de herramientas, hasta la conducción del automóvil por el ser humano contemporáneo, la idea de manejar está íntimamente relacionada con la técnica y con lo que ella presume en nuestras vidas. 

La técnica y su aprendizaje ha estado principalmente en las zonas limítrofes del ámbito escolar, esto ha sido regularmente extraescolar o educativamente marginal. La procedencia de muchas técnicas, su supuesta menor dignidad o incluso su relación con lo lúdico, han hecho que, en términos generales, aprender a manejar no haya encontrado colocación en los tiempos y en los espacios escolares. 
Sólo ahora, con el intenso desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, parece evidente que aprender a manejar los nuevos entornos digitales es algo que no puede ser ajeno en las instituciones educativas. Esencialmente, son estas nuevas tecnologías, cuya alfabetización no necesita de la instrucción escolar en el sentido en que lo requería aprender a leer y a escribir, las que han hecho ver que lo propio del manejar es esencial en la formación del ser humano y que una educación verdaderamente integral, no puede darle la espalda. 
Aprender a manejar y a manejarse debiera ser, por tanto, una finalidad sustantiva del tiempo escolar. En las instituciones educativas hay que aprender a hacer y no sólo aprender a conocer. Aprender a manejar los artefactos que nos rodean, aprender a manejarse con completa autonomía en el hogar, en la ciudad, en la carretera y en las redes telemáticas son aspectos que deberían ser sustantivos en la educación y que no pueden reducirse a conocimientos. 
Lo secundario del aprendizaje técnico en las instituciones educativas ha hecho que no se posea beneficios de muchos componentes educativos primordiales. La seguridad, la eficiencia o la equidad son valores que sólo pueden favorecerse cuando la educación para manejar se encuentra próxima a la educación para valorar y eso es algo que sucede más cómodamente cuando ambas se llevan a cabo en los entornos escolares. 
Manejar es, por tanto, una dimensión fundamentalmente humana que favorece la libertad individual y la inserción en un mundo técnicamente complejo. Dos condiciones necesarias para la felicidad. Por ello, quizá educar para manejar debería ser también una de las finalidades educativas principales. 

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