VOCACIÓN O PROFESIÓN EN LA EDUCACIÓN.

Uno de los puntos claves en el tema de la profesión docente reside en puntualizar si existe o no una base de conocimientos de esta profesión que pueda considerarse científica. En este ambiente existen dos grupos de conocimientos que pueden ser reconocidos. Por una parte los contenidos, esto es la disciplina que se enseñará, y, por otra, las capacidades relacionadas con los procedimientos para seleccionar, enseñar y evaluar esos contenidos. Esta composición es compleja, por un lado, los contenidos disciplinarios no son simplemente teóricos sino que su aprendizaje implica acciones prácticas y, por otra parte, la complejidad es mayor si consideramos que no cualquier procedimiento es adecuado para enseñar los distintos tipos de contenidos o disciplinas. Se considera que, cada disciplina supone una didáctica y formas específicas de representación de sus contenidos y del trabajo con ellos. 

Tradicionalmente la vocación ha estado indisolublemente unida al docente y el enseñar se ha considerado un arte. Estas dos ideas, que disfrutaron de armonía durante mucho tiempo y que permanecen todavía en la mente de muchas personas, han evolucionado obligatoriamente con los cambios sociales. En el estudio de la vocación docente versus profesión se entremezclan dialécticamente elementos que han influido y están influyendo en el quehacer profesional de los docentes: la tradición, las transformaciones sociales, los avances de la investigación y las necesidades del docente.
La enseñanza, dirigida inicialmente a la educación de las minorías selectas que en el futuro tendrían responsabilidades de gobierno, siempre ha estado influida por cuestiones religiosas, políticas, sociales, ideológicas y económicas. En un momento en el que existía consenso en lo que era una buena educación, los fines y las propias funciones del docente determinaron la necesidad de disponer de docentes con una vocación ligada a la religión. En ocasiones, la vocación se unía a la eficacia y a un tipo de vida ejemplar de moralidad incorruptible. Enseñar a los demás es una obra de humanidad y no se entendía que alguien se dedicara a la enseñanza sin sentir la necesidad de ayudar a otros. La vocación como llamada tiene en esta época un sentido de servicio a los demás, de dedicación espiritual y alude a un tipo de docente sumiso, adaptativo y desinteresado por los bienes materiales. En este sentido son el ocuentes las palabras de Gil de Zárate:
“El carácter del docente de escuela debe ser tan santo como el del mismo cura párroco. Si éste da el pasto espiritual, sólo es después que aquel ha formado el corazón y el entendimiento de la humilde criatura que se pone a sus pies para recibirlo. El primer sacerdote para el niño es el docente: no es la iglesia, sino la escuela, donde se le enseña a conocer a Dios, donde se le instruye en los misterios y preceptos de la religión, y donde aprende las oraciones que va después a repetir en el templo”.
El poder dominante ha sido el más interesado en fomentar la vocación como instrumento para controlar al que enseñaba, lo que enseñaba y cómo lo enseñaba, y para suplir carencias materiales y formales necesarias para el desempeño profesional. Este componente vocacional ha colmado, por lo tanto, las exigencias oficiales; pero la necesidad de una competente preparación profesional, junto a unas mejores condiciones para el desarrollo adecuado de su trabajo, nunca se han separado de la vocación y han dimanado en todos los tiempos de los mismos que practicaban el noble arte de enseñar. La divergencia entre los administradores que planifican las tareas educativas y el docente encargado de llevarlas al aula ha sido evidente a lo largo de la historia social de la educación. La propia evolución de la sociedad ha hecho coincidir, con grandes matices, el ejercicio profesional de los docentes y el de los liberales en el marco de las organizaciones institucionales y empresariales.
Podemos afirmar que la enseñanza como profesión es relativamente reciente, porque una profesión se acredita por la población que atiende y la educación escolarizada no se generalizó visiblemente hasta bien entrado el siglo XIX. La vocación como componente indiscutible hasta no hace muchos años ha dado paso a otro concepto más actualizado como el de profesional o profesión. Pero este cambio viene forzado porque la insistencia en la vocación no resolvía los problemas de la enseñanza, ya que olvidaba las necesidades materiales y formativas que tenía el docente. Hoy nadie duda que el enseñar es una profesión, aunque el peso de la tradición sigue estando presente. Incluso desde otros contextos foráneos nos alertan de los peligros de desprofesionalización docente por la extendida aplicación de modelos empresariales regulados con normas minuciosas que representan la antítesis de una profesionalidad auténtica. La mercantilización de la educación y la creciente regulación administrativa contribuyen a la desprofesionalización docente. 
A Gervilla Castillo le parece lógico y justificado que se sustituya el término vocación por el de profesión, pero se pregunta si este cambio obedece a criterios educativos y es beneficioso para la educación, y explica las razones del cambio de vocación a profesión: 
  1. La tendencia de la sociedad hacia la profesionalización frente a la vocación. 
  2. Las infravaloradas connotaciones religiosas de la vocación. 
  3. La consideración de la vocación como algo antiguo en una sociedad tecnológicamente avanzada. 
  4. La mayor valoración de la necesidad económica de la profesión frente al altruismo y desinterés económico de la vocación. 
  5. La defensa de los intereses laborales y profesionales que se oponen a una vocación asociada generalmente a la espiritualidad y servicio incondicional.
Podemos concluir que la actividad docente es una profesión con vocación, una profesión de valores como afirma Esteve. Hay que señalar que la enseñanza y el aprendizaje cobran otra dimensión profesional en las organizaciones y en la sociedad del conocimiento. Aunque con frecuencia se hayan intercambiado los términos y prevalezca la profesionalidad, en ésta se incluye el vocacionalismo o compromiso personal para actuar como profesional, conociendo las exigencias de la tarea, sus conocimientos específicos, actuando éticamente y con la capacitación adquirida a través de la práctica, que va unida al porqué y al cómo. 
La asistencia a los demás y la preparación profesional del docente no son excluyentes, sino equilibradamente necesarias donde no es suficiente con el querer. Si antes la vocación necesitaba de la profesionalidad, ahora la profesionalidad precisa vocación. La idea general es que para la enseñanza se requiere una cierta vocación, pero reconvertida y actualizada a los parámetros que corresponde a un ambiente de pluralismo ético y moral. Las condiciones del ejercicio profesional docente para obtener plena satisfacción serían: 
  1. Vocación (inclinación natural para dedicarse a la actividad profesional de enseñar con entusiasmo, compromiso y confianza en el poder de la educación, dedicación especial y de servicio hacia los demás). 
  2. Competencia (formación profesional científica y técnica adecuada que le haga competente en todo momento en el ejercicio de la profesión).
  3. Actitud (de apertura, servicio a la comunidad y trabajo en equipos flexibles). 
  4. Dedicación (suficiente a la profesión procurando tener cualificados sus saberes). 
  5. Conocimiento de los deberes y derechos éticos (que puede asumir como compromiso moral y exigir a los demás).

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