Si se quiere comprender por qué el docente y los estudiantes se relacionan de determinada manera y se conducen como lo hacen en sus intercambios, es necesario poner atención no sólo a sus comportamientos manifiestos y observables, sino también, a las ideas asociadas con los mismos o bien a las representaciones que éstos elaboran. Desde la psicología social contemporánea se concibe que la mayor parte de las reacciones ante los fenómenos sociales, y especialmente ante las otras personas, están mediatizadas, en gran parte, por la percepción y la representación que tenemos de ellas. Prácticamente consta que ciertos factores sociales inciden en la calidad de la relación que el sujeto mantiene en el entorno escolar, y ello es posible gracias a procesos psicológicos.

Desde este aspecto, se reflexiona que las representaciones son formas de apropiación del mundo exterior y los sentidos que se le otorgan, pero que se construyen a partir de experiencias, en su mayoría sociales y culturales, y se expresan a través de los procesos de comunicación; para ello, la subjetividad es una vía de acceso a los elementos que van más allá de las primeras manifestaciones conscientes de los sujetos. Las representaciones son una síntesis entre lo individual y lo social, una construcción de importancias que refleja una compleja dialéctica entre el mundo interno y el externo. 
Igualmente, se imaginan como un cuerpo organizado de conocimientos y como una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad psíquica y social; se insertan en grupo o en una relación cotidiana de intercambios. Las representaciones muestran sistemas que tienen una lógica y un lenguaje particular, una estructura de implicaciones que incluyen tanto valores, como conceptos. De aquí que no se consideran como simples opiniones o imágenes, sino como teorías colectivas destinadas a la interpretación y la formación de la realidad; es decir, funcionan como un sistema de interpretación de la realidad que determina las relaciones de los individuos con su ambiente físico y social, ya que condicionan el comportamiento del mismo. 
Al entenderlas de esta forma, una labor importante respecto al acto educativo es la que radica en despejar cómo las representaciones que ponen en juego los sujetos dan cuenta del entretejido creado por lo social y lo singular, y que pueden poner de manifiesto las características de la relación entre docente y estudiante; por eso se vuelven importantes no sólo por aprehender lo que ahí sucede, sino porque aportan elementos para su posible transformación. 
El autor Albert argumenta que el perfil que los estudiantes se hacen de sus docentes, no atiende a un sistema predeterminado, sino que obedece a las necesidades o intereses relacionados con las maneras de evaluación de la enseñanza, con la actuación de los docentes en la transmisión de conocimientos, y con aspectos de personalidad de los mismos que son aceptados o rechazados por parte de los estudiantes. Es decir, tanto docentes como estudiantes llevan a cabo una selección y una categorización (consciente tanto como inconscientemente) de las características del otro, y sobre esta base, comienzan a construir la representación mutua.
Los autores identifican cuatro directrices básicas en el contenido y organización de las representaciones de los estudiantes acerca de sus docentes: 
  1. La importancia de los aspectos afectivos y relacionales del comportamiento de los docentes.
  2. El desempeño del rol del docente.
  3. El contenido de la enseñanza, y 
  4. La activación del docente ante situaciones conflictivas. 
Con respecto, al desempeño de roles en el acto educativo, subrayan que un elemento esencial para comprender cómo funcionan los procesos de selección y categorización en la construcción de las representaciones mutuas entre el docente y los estudiantes, es el que se refiere a la concepción que cada uno de ellos tiene de su propio papel y del papel del otro. Mencionan que probablemente el docente seleccionará y evaluará las características y el comportamiento de los estudiantes en función de su mayor o menor pertinencia y adecuación a las expectativas de comportamiento asociadas con el “rol de estudiante”; a la inversa, el estudiante seleccionará y valorará las características y comportamientos del docente más vinculados con las expectativas que incluye su concepción del “rol de docente”.
Es así que el origen de las representaciones entre docente y estudiante resulta de la observación mutua y directa de sus características y su comportamiento, pero también de la información anterior que han recibido tanto los docentes y los estudiantes por personas que se encuentran cerca, así como de la selección y categorización de las características del otro.

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