Actualmente, la realidad escolar ante el fracaso escolar, constituye y define la identidad de la institución educativa, generando así las “malas” escuelas y, por lo tanto, a los “malos” estudiantes y “malos” docentes. El fracaso escolar y los fenómenos en los que se expresa: repetición, edad, abandono, baja apropiación de los aprendizajes, entre otros; son una construcción social, es decir, que no hay destino natural biológico o ambiental que determine que ese estudiante no va a aprender. Consecuentemente, si superamos una mirada patologizante sobre los estudiantes que no aprenden y que los hace responsables de su situación educativa, diciendo que lo que les pasa es culpa de las familias, de la situación económica, del desapego, del desinterés, de la desidia y transitamos hacia otra mirada más compleja, ordenada cuyo eje sean las condiciones de escolarización, es posible afirmar que todos los estudiantes pueden aprender. 

Estas maneras ver las cosas no son espontáneas, sino que tienen su historia, es decir, que han sido construidas por mentes y prácticas humanas. Por lo tanto, si no son obra del destino o de la naturaleza, pueden ser reconstruidas. Cuando un docente dice, por ejemplo, este estudiante debe repetir el grado, aplica un dispositivo de escolarización creado para la escuela de otro siglo, que llega hasta el presente como algo natural, incuestionable e inmodificable.
En primer lugar, evitando decir de un estudiante que es un vago, que es un burro, que actúa con apatía, porque cuando decimos esto, anunciamos su fracaso, porque el lenguaje no es neutro y siempre tiene efectos directos o indirectos sobre la autopercepción que tienen los estudiantes de sus posibilidades para aprender. Si esa percepción se construye a partir del déficit, ¿Desde qué posibilidades pueden los estudiantes asumir el reto de aprender, si han sido marcados con el lenguaje, que ellos no pueden, no saben, no quieren? 
Es necesario confiar en las posibilidades de los estudiantes para construir una relación pedagógica exitosa evitando convertir en problema del estudiante lo que en realidad son límites de los propios dispositivos de escolarización. Desde esta perspectiva no hay fracaso escolar, sino situaciones que impiden a los estudiantes transitar bajo las formas históricamente pautadas para el sistema educativo, pero que pueden ser modificadas para que todos puedan aprender. 
Además, la motivación es clave para aprender. El deseo no es algo que nace solo, sino que es necesario hacerlo surgir. El estudiante con dificultades, no es que no aprende porque no está motivado, sino que no está motivado porque no puede aprender. Para que aprenda es necesario que el docente cree situaciones didácticas desafiantes, que constituyan verdaderos problemas que generen en él, el deseo y el placer por enfrentarlas.
En el camino de la Enseñar. Es deseable que la familia acompañe a la escuela en este proceso de aprendizaje de sus hijos: estimulándolos para que sigan aprendiendo, promoviendo que cumplan con las obligaciones que la escuela les asigna, valorando diariamente lo que el estudiante hace.
Siempre, es recomendable que los docentes revisen sus prácticas, para mejorarlas en función de mejores aprendizajes para sus estudiantes. En la actualidad, se puede apreciar en las instituciones educativas que las clases como unidad didáctica, desaparece, es decir, pasa a ser reemplazada por una serie de ejercicios prefabricados de un manual que someten a los estudiantes y también al docente a una rutina de la práctica pedagógica. En otras clases, el docente se constituye en la figura universal: él habla y sus estudiantes escuchan, él explica y sus estudiantes ejecutan lo explicado es decir el docente desempeña un rol activo y el estudiante un rol pasivo. En estas condiciones consecuencias como el aburrimiento, la falta de atención, el desinterés, son inevitables.

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