Regularmente, las personas suelen relacionar la inteligencia y creatividad; no obstante, una persona inteligente puede ser un mal pensador, si no ha logrado las técnicas necesarias para pensar bien. Y una persona menos inteligente, puede tener mejores habilidades de pensamiento. Actualmente, se ha demostrado en el ámbito de la psicología, que, por encima de cierto nivel de inteligencia, nadie necesita una inteligencia excepcional para ser creativo.

Además, suele creerse, asimismo erróneamente que los genios creativos son expertos en todos los temas, como si las habilidades de las personas fueran iguales en todas las facetas de su vida. Se cree que los genios no nacen, se hacen; utilizan activamente su imaginación para ir más allá de sus conocimientos. Como vemos, tal vez no se pueda entrenar a un genio, pero hay una enorme energía creativa que se despliega sin necesidad de genialidad, y es esa energía la que, como docentes, se debería canalizar en el aula de clases.
La verdadera originalidad, no surge absolutamente desarrollada, no se presenta de manera instantánea; lo más importante de ella proviene de la modificación constante del trabajo y no de la creación que surge como un arranque de genialidad. De acuerdo con Mallarmé, quien se burlaba de la mitificación moderna de la inspiración, sostenía que para cualquier labor creativa se necesita un ochenta por ciento de transpiración y un veinte por ciento de inspiración. La originalidad es uno de los criterios utilizados tradicionalmente para caracterizar el pensamiento creativo, pero también se tienen en cuenta la fluidez, la flexibilidad y la capacidad de elaboración.
La palabra creatividad abarca una gama de diferentes destrezas; es una actividad compleja porque a medida que creamos, vamos formando, simplificando, configurando e inventando la realidad. Tiene mucho que ver con la experimentación; significa explorar nuevas direcciones y cambiar las cosas. El autor Menchén, la define como «la capacidad para captar la realidad de manera singular, generando y expresando nuevas ideas, valores y significados. La creatividad es, también, autoexpresión, por eso en la medida en que tenemos dificultades para expresarnos y demostrar nuestra individualidad, la creatividad puede resultar un proceso doloroso. Por eso, no se trata de señalar a una persona con el dedo y pedirle que sea creativa; tampoco se puede pedir a nadie que tenga una idea brillante, pero sí se le puede insistir en que haga un esfuerzo creativo. 
Por otro lado, como nos recuerda el autor De Bono, creador del llamado pensamiento lateral, no vemos el mundo tal como es sino como lo percibimos. Las pautas de la percepción han sido construidas por determinada secuencia de experiencia, por tanto, percibimos el mundo en términos de pautas establecidas creadas por lo que tenemos frente a nosotros en cada momento. El cerebro sólo ve lo que está preparado para ver. Si tenemos una percepción limitada, podemos tomar una decisión perfectamente lógica, coherente con esa percepción limitada. El razonamiento puede ser correcto, pero si las percepciones son limitadas o defectuosas, la acción resultante es inadecuada.
En síntesis, la esencia de la creatividad descansa en la habilidad para tener nuevas percepciones, pero, la percepción es una actividad intencional y selectiva, pues de los muchos estímulos que llegan a los sentidos sólo unos pocos son seleccionados por el sujeto en función de sus intereses, actitudes o experiencias. Por tanto, proporcionar a los estudiantes instrumentos para ampliar su percepción. Se necesita reemplazar nuestro «es» por un «puede ser».

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