La violencia escolar ha sido tema central de diversas maneras; las construcciones teóricas se mueven entre aquellas las manifestaciones distorsionadas de la norma, entre aquellas centradas en los factores individuales ya sea conductuales o inconscientes. No obstante, estas perspectivas, tomándose como coherentes con su arquitectura conceptual, parten de un dominante contenido de carácter moral: implican los fenómenos de violencia como no deseables, negativos y anormales. Esto podría ser considerado cierto si creamos una distinción entre violencia y agresividad.

La agresividad es natural a los seres humanos, es un brío que los permite mantener vivos, es una fuerza emocional que les permite protegerse, proteger a otros y adaptarse a las agresiones que vienen del exterior. Lo importante es como se regula, es decir, la necesidad de remover el pulso agresivo frente a ciertas situaciones y frenarla en otras o comunicarla de diferentes maneras, para así evitar la destrucción del otro o la autodestrucción.

Existen autores que mantiene que el ser humano es violento por naturaleza. Y hay quienes señalan que la violencia es un mecanismo aprendido para ejercer el poder o la defensa. Lo que llamamos violencia se manifiesta de diversas maneras: hay violencia física, violencia verbal, violencia psicológica, y hasta violencia simbólica, que se manifiesta de forma indirecta, o mejor, que parece que no es tal. Se dan relaciones violentas entre iguales, de los de arriba sobre los de abajo y de los de abajo sobre los de arriba. Hay un ciclo de violencia que surge con la acumulación de tensión, con una sucesión de pequeños episodios que llevan a roces constantes entre personas. Esta tensión acumulada, en un minuto estalla, manifestándose la violencia en una segunda fase. Finalmente vienen las consecuencias del hecho violento, en que se piden disculpas, se castiga, se inhibe, etc.

En las instituciones educativas la violencia se manifiesta, en mayor o menor medida, todas estas violencias, (física, verbal, psicológica, simbólica etc.), de igual manera que en otros ámbitos de las relaciones humanas; siempre que hay que compartir un espacio y/o tiempo con otros, la propiedad del territorio, el uso o las normas de utilización de ese territorio, son motivo de conflictos que pueden ocurrir en violencia, entendida como agresión a otros. 
Cuando se habla de violencia en el mundo escolar suele asociarse a manifestaciones físicas tales como destrozos, peleas, robos, etc. A pesar de, cada vez se hace más patente que la violencia en las instituciones educativas abarca muchos más actos, mensajes o situaciones violentas que las antes referidas. Tal es el caso del Bullying (que es un acoso escolar y a toda forma de maltrato físico, verbal o psicológico que se produce entre estudiantes, de forma reiterada y a lo largo del tiempo).
Este fenómeno del Bullying apto para originarse en el ámbito escolar, tiene como actores y víctimas a los propios estudiantes, mediante acciones que son periódicas y que rompen el equilibrio que debe de existir en las relaciones entre iguales, generando o favoreciendo procesos de victimización en quien es sujeto de violencia interpersonal. Los estudiantes, pueden y de hecho así sucede, verse involucrados en problemas de maltrato, dado que asisten a instituciones educativas en donde están juntos estudiantes de diversos contextos sociales, de forma más o menos obligatoria, pero relativamente permanente, durante un periodo aproximado de 7 horas y que se ven obligados por las circunstancias a compartir escenarios, trabajos, o simples actividades.
Por ende, se hace necesario valorar y distinguir el problema de la victimización entre iguales de las malas relaciones entre compañeros de clase, aunque ambas tienen algunas características semejantes. Las malas relaciones son un problema más generalizado, que se presenta en todos y cada uno de los grupos de clase como parte del conflicto, entendiendo este como una situación de desafío entre dos o más personas, en las cuales existe un antagonismo motivado por la confrontación de intereses, en pocas palabras puede entenderse como una dificultad para conciliar ideas, representaciones, intereses, valores o formas de ver, de vivir o de entender el mundo. En muchas de las ocasiones el conflicto se acompaña de agresividad, cuando no hay un sistema de mediación.
Ello implica, de acuerdo al autor Olweus, establecer los componentes que identifique “el maltrato entre iguales como un conjunto de comportamientos físicos y/o verbales que una persona o grupo de personas, de forma hostil y abusando de un poder real o ficticio, dirige contra un compañero/a de forma repetida y duradera con la intención de causarle daño”. La definición establece el cumplimiento de determinados criterios para que el comportamiento exhibido pueda ser definido como maltrato, tales como:

  1. La existencia de un desequilibrio de poder entre víctima y agresor que ha de ser entendido como el uso deshonesto, prepotente y oportunista de poder sobre el contrario sin estar legitimado para hacerlo.
  2. La frecuencia y duración de la situación de maltrato, estimando una frecuencia mínima de una vez por semana y una duración mínima de seis meses.
  3. La intencionalidad y el carácter proactivo de la agresión, ya que se busca obtener algún beneficio social, material o personal, sin que medie provocación previa.
  4.  La pretensión de causar daño.


¿Cómo puede ser detectarlo por los padres? 
Existen algunas actitudes comunes entre los niños que sufren este tipo de acoso. Se puede detectar en menores cercanos cuando: 
  1. Se aprecie un especial cambio de conducta en el niño/adolescente. 
  2. La víctima no quiere asistir a clase. 
  3. Sufre el síndrome del domingo por la tarde. 
  4. Tiene golpes y moratones injustificados. 
  5. Muestra un alto grado de irritabilidad y nerviosismo. 
  6. Experimenta cambios de carácter. 
  7. Presenta tristeza injustificada. 
  8. No tiene ganas de ver a sus amigos ni de salir de casa. 
  9. Pierde objetos. 
  10. Padece cefalea y dolores abdominales.

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