La interacción entre los contenidos creados por los docentes y las características con las que estudiantes abordan el trabajo en el aula de clases no es estática sino dinámica. Un estudiante puede comenzar una actividad propuesta por el docente con mucho interés y, al poco rato, abandona la actividad y se pone a hablar con los compañeros. Se han preguntado ¿Qué ha producido este cambio? Se observa que, aunque los estudiantes estén trabajando individualmente, determinadas formas de contextualización de la actividad por parte de los docentes y en determinadas conveniencias de interacción en el aula contribuyen positivamente a que los estudiantes desarrollen formas de enfrentarse a las actividades escolares que les ayudan a mantener el interés por aprender y a evitar el abandono del esfuerzo preciso.

Por esta razón, es importante que los docentes reflexionen sobre las características motivacionales de los estudiantes desde una perspectiva dinámica. Es decir, han de considerar las implicaciones de la interacción entre las actuaciones del docente, la respuesta del estudiante, los efectos, paso a paso, de las formas en que éstos acometen sus actividades, los modos de apoyo e intervención del docente a lo largo y después de éstas, etc. Si no se toma la reflexión desde esta perspectiva, se puede llegar a conclusiones equivocadas sobre el valor de las distintas formas de encarar la enseñanza.
Al examinar la motivación de los estudiantes y su dependencia del contexto creado por el docente, es preciso considerar, además, que los estudiantes no trabajan aislados y que las actividades que han de realizar no constituyen eventos sin relación alguna entre ellos. Lo que se dice a un estudiante es observado por su compañero de al lado. Lo que se escucha en un momento dado es comparado mentalmente con lo que se ha dicho un rato antes. El resultado de todo ello es que, aunque transitoriamente cada una de las actividades del docente pueda tener un efecto independiente, cada nueva intervención cobra significado en el conjunto de sus acciones. 
Estas acciones definen lo que se ha denominado clima motivacional del aula. El clima motivacional que los docentes crean en el aula se traduce en la representación que los estudiantes se hacen respecto a qué es lo que cuenta en las clases, qué es lo que quiere de ellos el docente y qué consecuencias puede tener, en ese contexto, actuar de un modo u otro. Tal representación, modificable si cambian las pautas de actuación del docente, forma el marco desde el que los estudiantes le cargan significado a la actividad cotidiana, marco que contribuye a facilitar o dificultar la motivación por aprender.
Como resultado, aunque al iniciar la reflexión sobre las estrategias de actuación en clase sea preciso analizar por separado los efectos de cada una de ellas, es necesario que los docentes tomen conciencia del modo en que tienden a configurar el clima de sus aulas, ya que sin una modificación adecuada y coherente de éste es muy difícil que puedan cambiar la motivación de los estudiantes. De hecho, si se modifican las formas de actuación específicas, pero no cambia el clima motivacional de la clase de modo coherente, es posible llegar a la conclusión de que el cambio no sirve porque no se han visto efectos positivos, cuando en realidad lo que ocurre es que no sirve si se introduce aisladamente.
En conclusión, conviene recordar algo muy sencillo: el significado de las acciones de un estudiante en un momento dado y los resultados de éstas cobran sentido en el contexto de su historia personal. La forma en que han afrontado su trabajo escolar en el pasado, los resultados obtenidos y las consecuencias a que han dado lugar han ido configurando una percepción de las propias capacidades en relación con las actividades escolares, del valor de éstas y de las razones por las que han de realizarlas, que, en caso de que tal percepción sea inadecuada, piden a los docentes un esfuerzo continuado para poder modificarla. No es suficiente con que un docente diga en una ocasión a un estudiante que habitualmente fracasa y que tiene un autoconcepto muy pobre de sí misma: «¿Ves cómo eres capaz de hacerlo? En cuanto te has esforzado y has pensado un poco lo has conseguido», porque este estudiante, al tratarse de un éxito aislado, puede pensar que se debe a que la han ayudado, o que la actividad era fácil, o que este éxito es la excepción que confirma la regla. 
Es por ello, que al reflexionar sobre las pautas de actuación que, en interacción dinámica con los estudiantes, pueden ayudar a crear un clima de clase capaz de despertar en éstos el interés y la motivación por aprender, no se debe perder de vista que se requiere tiempo, a veces bastante tiempo, para que tales pautas tengan los efectos deseados. Sin tener esto en mente, es fácil que, al leer las páginas que siguen, alguien piense: «Esto ya lo he hecho y no me ha dado resultado.» Es preciso, pues, analizar la adecuación de las propias formas de proceder sin olvidar que uno de los factores que las hacen adecuadas es su uso repetido.

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