APRENDER A COMUNICAR

La colaboración social podría ser la cuarta extensión de la condición humana con la que se podrían determinar los fines de la educación. Un hombre sabio, hábil y capaz de valorar tiene muchas de las condiciones necesarias para alcanzar la felicidad. No obstante, si Aristóteles tenía razón al caracterizar al ser humano como animal político, marcando la natural tendencia humana a convivir en sociedades complejas, con los tres primeros infinitivos no sería suficiente para promover una educación integral. 

La educación en las sociedades democráticas requiere, además, el desarrollo de un tipo de ciudadanía envuelta, no sólo con el mantenimiento de la anatomía democrática de la comunidad, sino también, dispuesta a envolverse diariamente en hacer también democrática la fisiología de la convivencia social. Por eso aprender a participar y especialmente aprender a tomar parte, es una finalidad educativa de importancia crucial para una formación ciudadana, capaz de afrontar los retos de un tiempo tan complejo como el que vivirán las nuevas generaciones. Aprender a tomar parte es, por tanto, una finalidad educativa esencial. 
Su sentido y relevancia puede ubicarse en manifiesto, si reflexionamos que aprender a tomar parte es aprender a convivir, a compartir, a cooperar, a disentir, a discrepar, a discutir, a confrontar, a negociar, a consensuar y finalmente a decidir. Para ello, será deseable que las aulas y los centros educativos se conviertan en verdaderos laboratorios de participación ciudadana, en lugares en los que sea cotidiano el aprendizaje de los hábitos definitorios de esa idea de tomar parte en la vida de la comunidad. Es necesario que en las aulas los estudiantes convivan, cooperen, desacuerden, discutan, confronten, negocien, debatir, para que así finalicen aprendiendo a decidir juntos.
Aprender a comunicar, especialmente en sentido de aprender a tomar parte es, por tanto, la cuarta condición para una educación efectivamente integral del ser humano. Una persona que sea capaz de conocer por sí mismo el mundo que le rodea, de manejarse adecuadamente en él, de valorar lo que de bueno y de bello puede llegar a apreciar y de participar en las decisiones que le afectan en tanto que miembro de una sociedad. 
En síntesis, proponer nuevos fines para la educación, o renovar la formulación de las intenciones últimas que la han animado siempre, resulta especialmente importante en unos tiempos en los que el reto de una educación para la ciudadanía vuelve a estar de actualidad.