Actualmente, la idea de ser un buen docente para enseñar, parte de que es necesario ser un buen investigador. Este pensamiento, ha creado incentivos en los docentes para transformar los recursos en investigación y, principalmente, obtener resultados de manera tal de señalar su productividad en el mercado académico.

La evaluación de la calidad docente se podría limitar a la aprobación de la calidad de la producción científica del docente. Así, existiría una relación estrecha entre ambos aspectos de la función docente, que determinaría un orden jerárquico de la calidad de investigador hacia la del docente. Luego, los indicadores para medir la calidad de la producción científica determinarían, indirectamente, la calidad del docente. De la misma manera, podría afirmarse que no es relevante, en este contexto, la evaluación de la calidad de la docencia en otro sentido.

Esta evaluación limitada a la productividad científica se realizará en dos momentos: cuando el docente ingresa a la institución y cuando se evalúa su desempeño una vez dentro de la institución.

En cambio, existe un segundo modelo, si se pretende evaluar la calidad docente es necesario acudir a otros mecanismos. Al igual que en el caso anterior, deben distinguirse dos momentos de la evaluación: el de la selección de los docentes y durante su desempeño en la institución.

Básicamente, se han formulado dos métodos principales como mecanismos de evaluación de la función de enseñar. Por un lado, puede pensarse en un método que contemple la evaluación externa del docente, mediante la presencia en sus clases de observadores externos, especialmente calificados para ponderar, entre otras cosas, las aptitudes pedagógicas, el respeto por el estudiante, la calidad y disponibilidad de la bibliografía utilizada como referencia, el cumplimiento de horarios y asistencia a clase. Este método expresaría al sistema tradicional de evaluación externa, que implica someter al docente a un evaluador ubicado en una posición jerárquicamente superior durante el proceso de evaluación: se trata de un experto, ajeno a la institución, que evalúa el desempeño docente.

Una variante puede ser que el evaluador no sea externo a la institución, sino que se trate de un par evaluador interno. Otro método consiste en que la evaluación la realicen los propios estudiantes, a través de un sistema de encuestas de opinión sobre determinados indicadores. Este método puede ser apropiado en la medida en que se definan apropiadamente las preguntas y su utilidad dependerá del procesamiento de los datos y su eventual relevancia en las decisiones de la gestión universitaria.

Más allá de los dos modelos anteriormente, se puede proyectar una tercera alternativa que combine las dos perspectivas. Es decir, que tome como criterio de referencia para la evaluación de la calidad docente ambos aspectos: la producción científica y la docencia. Así, podría recapacitar en un sistema de selección que evalúe la producción científica del postulante, así como también los resultados de sus evaluaciones de calidad docente. Además, podrían desarrollarse mecanismos de evaluación de ambos aspectos durante el desempeño de la función docente.

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