LA AFECTIVIDAD EN EL AULA DE CLASES.

La afectividad de acuerdo con varios autores como Oliveira, Rodríguez y Touriñán, habilita una fenomenología tanto personal o endógena como relacional o exógena. Para estos autores, la cognición y el afecto son píldoras interactivas, ya que el ser humano no admite definiciones sectoriales, sino que todas las funciones internas generan un proceso evolutivo integrado, equilibrado e interfuncional. Un tono afectivo estable entre las emociones y sentimientos genera una unidad en las personas, y promueve su integración como seres humanos. Los autores señalan que el vínculo afectivo, es una necesidad primaria reveladora que constituye la base para crear los lazos entre el individuo y su grupo social de referencia, y que sólo puede ser satisfecho dentro de la sociedad. 

Los términos emoción, sentimiento y afecto se manipulan en el lenguaje coloquial e incluso en el científico, casi como sinónimos. La emoción suele deducirse como un fenómeno que tiene tres características: los cambios fisiológicos, las tendencias a la acción y la experiencia subjetiva, a la que el autor Lazarus denomina afecto. Los afectos y los sentimientos se consideran generalmente en el contexto del marco general de las emociones, en vista de que éstas se conciben normalmente en sentido muy amplio. Los afectos son considerados por Lazarus como la calidad subjetiva de una experiencia emocional.
De acuerdo con el autor Bisquerra, el proceso que habla de la experiencia subjetiva de la emoción, puede ejemplificarse de la siguiente manera: encontrarse con una persona puede promover una emoción aguda que tiene una corta duración. La emoción inicial puede convertirse en sentimiento, mediante una apreciación subjetiva del sujeto que experimenta la emoción; en otras palabras, la emoción inicial puede dar lugar a una actitud que puede permanecer, incluso en ausencia de la persona que originalmente ocasionó la emoción, y que es, más duradera y estable. 
Esta situación ocurre también en el contexto del aula, en el que las interacciones entre docentes y estudiantes y entre los propios estudiantes generan emociones, sentimientos y actitudes hacia sí mismos, hacia los demás y hacia la materia objeto de estudio. En vista de que estas actitudes permanecen con el tiempo, resulta importante analizar las dimensiones de la docencia que se vinculan con el dominio afectivo de la enseñanza y el aprendizaje.
En las últimas épocas, diversos países del mundo han incorporado sistemas de evaluación del aprendizaje de los estudiantes que se basan en pruebas estandarizadas de rendimiento. Los necesitados resultados alcanzados en algunos países, han traído como consecuencia una preocupación por las habilidades docentes, particularmente las habilidades cognitivas, señalándose que se requiere un mayor dominio de los contenidos particulares de las asignaturas, mayores habilidades para impartir esos contenidos, así como mejores destrezas para evaluarlos. No obstante, poca atención se ha prestado a los componentes afectivos de la docencia.
En estudios realizados, se ha encontrado que, en los docentes eficaces, están presentes una serie de características que se relacionan con diversas medidas de logro en los estudiantes. Entre ellas se encuentran: 
  1. La preparación de las clases y la organización del docente.
  2. La claridad con que presenta los contenidos.
  3. Su capacidad para estimular el interés de los estudiantes y el impulso a la motivación para el estudio, mediante la manifestación de expresiones de entusiasmo.
  4. El establecimiento de relaciones positivas con los estudiantes.
  5. Demostrar altas expectativas, y, en términos generales.
  6. Mantener un clima positivo dentro del salón de clases. 
El enfoque de la Educación basado en competencias ha sido ampliamente debatido. Kerka señala una serie de razones que subyacen a las posturas que se han manifestado en contra de la adopción del enfoque por competencias, que incluyen: 
  1. Lo impreciso de su conceptualización.
  2. Los conflictos empíricos de su adopción como eje articulador de acciones de intervención y evaluación educativas. 
  3. Su falta de conciliación para responder a las necesidades sociales de la población.
Como réplica a estas críticas se han planteado enfoques integradores en los que se considera a la competencia como una compleja combinación de conocimientos, actitudes, destrezas y valores, que se manifiestan en el contexto de la ejecución de una tarea. La competencia se considera, desde los enfoques integrales, como algo más que una respuesta aceptable; alguien competente debe ser capaz de demostrar un desempeño eficaz y eficiente, que sea susceptible de ser mostrado y defendido en múltiples contextos. 
La admisión del enfoque de competencias en la educación puede resultar una herramienta heurística poderosa para identificar los aprendizajes esenciales de los estudiantes integrados en entramados complejos, así como las habilidades que deberán dominar los docentes para apoyar a los estudiantes en el logro de dichas competencias.
Es en este contenido que surge el modelo de evaluación de competencias docentes (García, Loredo, Luna y Rueda) producto de las actividades de la Red de Investigadores sobre Evaluación de la Docencia. Para desarrollar el modelo, se retomó el conocimiento acumulado sobre las prácticas de evaluación del desempeño docente en diversas universidades públicas y privadas, así como la experimentación de estrategias novedosas de evaluación del desempeño docente, tales como el análisis del pensamiento pedagógico, el portafolios docente y el análisis de la interacción en el aula, entre otros.
El modelo observa dimensiones afectivas de la enseñanza, por considerarse que éstas constituyen elementos esenciales de las competencias de los docentes, que deben ser integrados tanto en la formación del docente como de los estudiantes.