Los episodios del habla, constituyen un aspecto esencial de la conducta humana y en consecuencia de la identidad sociocultural de las personas. Cuando hablamos pretendemos hacer algo, el destinatario interpreta esa intención y sobre ella elabora una respuesta, ya sea lingüística o no lingüística. 

Lo dijo Cicerón hace ya tantos siglos, cuando vinculaba la retórica a la dialéctica, que trata de la acción humana, lo recordó Humboldt hace poco más de cien años al insistir en que el lenguaje era esencialmente energía, lo reiteró hace dos décadas Roman Jakobson, al recordar que “el discurso no se da sin intercambio” e irónicamente lo certifica en nuestros días Halliday, cuando con ironía escribe que, “después de un intenso período de estudio del lenguaje como construcción filosófica idealizada, los lingüistas han convenido en tomar en cuenta el hecho de que las personas hablan entre sí”. Por ello, es algo tan obvio se ha olvidado con frecuencia en la investigación lingüística y en las instituciones educativas. 
En efecto, en las aulas, quizá como una sucesión del olvido intencional del habla y de la actuación lingüística por parte de los estructuralismos, los asuntos relativos a las modalidades orales del uso lingüístico, a los aspectos no verbales de la comunicación, a las determinaciones culturales que regulan los intercambios comunicativos y a los procesos cognitivos implicados en la emisión y en la recepción de los mensajes orales, han permanecido forasteros a una labor escolar centrado por el contrario en las categorías gramaticales, en los usos escritos y en sus normas gráficas, en el análisis sintáctico y en los modelos canónicos de la historia literaria. 
Nada es más extraño en la vida de las aulas, que el silencio: el habla de las personas debe entrar en las aulas de forma que sea posible. Porque si bien es cierto, que somos iguales en lo que se refiere a nuestra capacidad innata para adquirir y aprender las reglas del lenguaje, no es menos cierto que, como subraya el Amparo Tusón, somos desiguales cuando usamos la lengua. Por todo ello, la educación obligatoria debería contribuir al desarrollo de las capacidades comunicativas de los estudiantes de forma que les sea posible, con el apoyo pedagógico del docente, comprender y expresar de forma correcta y adecuada los mensajes orales que tienen lugar en ese complejo y heterogéneo mercado de intercambios, que es la comunicación humana.

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