Algunos expertos señalan, que se necesita un programa de formación profesional donde no considerar solamente la articulación de los distintos saberes académicos (disciplinarios, didácticos, pedagógicos, empíricos, entre otros.) sino, además la organización de los espacios necesarios para la movilización de esos saberes o recursos, para la manifestación de competencias profesionales. 

Para referirnos al elemento de competencia en educación, tomaremos como referencia el trabajo de competencias de Quebec, que, de acuerdo con el autor, la persona competente sabe elegir, armonizar y movilizar los recursos que le permitan manejar eficazmente las situaciones de su profesión. El profesional es pensado como alguien que va más allá de lo prescrito, alguien que es capaz de decidir, actuar y reaccionar a los distintos eventos que emergen en el ejercicio profesional. 
La práctica establece un espacio fértil para el desarrollo de competencias de los tres actores involucrados en el proceso de enseñanza-aprendizaje: estudiante, docente y supervisor. Es en este contexto que los estudiantes podrán comprobar si es realmente esa la profesión que quieren realizar en el futuro y, además, construirse profesionalmente al desarrollar sus competencias profesionales y al apropiarse un modelo identitario. Por parte del docente, es también el espacio que les permitirá adquirir una nueva identidad, la de formadores, y el desarrollo de competencias específicas al rol y funciones que les corresponde asumir. 
En ese sentido, es sin duda que la práctica constituye una instancia de desarrollo profesional. Sin embargo, sería inocente pensar que ese desarrollo se produce de manera espontánea, que sólo basta asumirse como formador para pensar y actuar como tal. Si es durante las prácticas que se realiza la verificación del nivel de desarrollo de competencias profesionales en los estudiantes, es también durante ese mismo terreno que se realiza la verificación de manifestación de competencias por parte de los formadores, en este caso del supervisor de prácticas. 
En síntesis, para poder mejorar las competencias profesionales en el proceso de enseñanza-aprendizaje se debe modificar a nivel de:
1. Saber-hacer empírico porque éste se origina a partir de su experiencia en terreno;
2. Saber relacional porque éste se construye y modifica en función de las relaciones establecidas con los diferentes actores que contacta en el ejercicio de sus funciones: docentes, estudiantes, directores de las instituciones, entre otros.; 
3. Ser cognitivo porque para observar debe recurrir al análisis y resolución de problemas.

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